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Mi primera fundación a los 18 años: Un sueño hecho realidad

Actualizado: 20 abr 2025

Suena bastante loco, ¿verdad?

Quizá piensen que es una enorme responsabilidad para una joven de 18 años y, sí, tal vez tengan razón... pero déjenme contarles cómo empezó todo.


Desde que tenía 7 años, soñaba con crear una fundación para ayudar a las mujeres maltratadas y a las familias desplazadas por la violencia. Imaginaba un refugio lleno de respeto, amor y apoyo para darle la vuelta a la situación y transformarse en sus mejores versiones. Soñaba con un lugar mágico, con espacios dignos, buena alimentación, orientación psicológica y conexiones laborales para forjar su independencia. Pero... ¿saben cuántos años de plazo le di a ese sueño? Lo había marcado como un sueño logrado a mis 36 o más.

Se pueden imaginar mi gran sorpresa al enfrentarme a legalizar mi fundación apenas cumplía mi mayoría de edad.


El inicio de un sueño


Todo se empezó a gestar cuando comprendí la causa del miedo, temor y desconfianza que las familias desplazadas por la violencia tenían hacia a la tecnología. Tenía una inmensa curiosidad sobre por qué resistían a lo que nosotros llamamos "progreso", así que empecé a compartir con las comunidades, a entenderlos, a crear espacios de diálogo, juego y algunos en dónde podíamos actuar. Así fui recolectando la información necesaria para comprender lo que estaba pasando en sus pensamientos y qué actos habían ocasionado esa resistencia.


En el camino, descubrí algo desgarrador: los niños no querían jugar ni se permitían imaginar. La violencia y la cruda realidad de la guerra les habían arrebatado esas capacidades tan preciosas que damos por hecho en los niños. Habían tenido contacto con objetos de guerra y temían que los robots también fueran herramientas de daño.

Al llegar a la comunidad, los niños se peleaban, no tenían respeto por el otro, no querían participar en las actividades, decían muchísimas groserías, eran tan inquietos... no escuchaban y paradójicamente les daba pena presentarse, no podían decir sus nombres o qué les gustaba hacer.


Transformación a través del amor


Desde el amor, comenzamos a cambiar esa percepción macabra. Jugando, desbloqueando la creatividad, soñando cosas locas, saltando y bailando, hicimos del proceso de aprendizaje un lugar seguro y divertido. Los niños empezaron a aceptarme en su comunidad, a darme amor y a abrir su corazón para recibir también. Comenzamos a jugar con piezas de LEGO y así surgió el aprendizaje sobre armar robots y programarlos. Crearon humanoides, ranas e insectos con las herramientas tecnológicas que les proporcioné.




Semillas Robóticas: Una luz de esperanza


Usualmente las ofertas que tienen las comunidades vulnerables no pasan de futbol o salsa, así que Semillas Robóticas era supremamente necesaria para empezar a cambiar ese paradigma y fue lo que sucedió, porque empecé a crear oportunidades para ellos, les creé un espacio donde podían expandir sus horizontes. Los llevé a laboratorios de robótica, electrónica e impresión 3D. Jugamos con NAO, un robot humanoide probado en ambientes educativos con niños autistas, empezaron a interactuar con las impresoras 3D, carros autónomos, drones y mucho más.

Quería romper barreras, así que les di un espacio en un auditorio de una Universidad privada para que se vieran hasta dónde podían llegar, incluso sin tener los recursos para pagarlo.

Todo era prueba y error, adaptando los programas en el instante según el comportamiento de los niños, hasta llegar a la mejor metodología para obtener los mejores resultados en su desarrollo personal, social y habilidades STEM.

Un viaje de mil millas comienza con un primer paso


Inicié con un grupo de 12 personas, pero el rumor se corrió por todo el Oriente de Cali y llegaban cada vez más, hasta que terminé en el mismo mes, con un grupo de 30 niños y jóvenes desde los 4, hasta los 20 años de edad.


Comencé a recolectar la información de las comunidades a mis 13 años, plantear bien el problema y la hipótesis, hasta los 17 puse a prueba todo mi conocimiento, me formé como facilitadora social y adquirí herramientas para mejorar mi método.

Hasta ese momento Semillas Robóticas era un proyecto científico-social con varios años de experiencia, donde nadie había querido unirse porque decían que era un proyecto muy complejo y con muchos riesgos. Así que sola iba cada día a las comunidades vulnerables con los robots, arriesgándome a robos, todo porque los niños no perdieran esa única oportunidad que tenían de ampliar la perspectiva en cuanto a sus posibilidades, no solo en la robótica, porque esto les hizo entender que tenían muchísimo potencial y que podían lograr lo que quisieran. Tenían el ejemplo claro, yo también venía de una comunidad vulnerable, y aun así estaba logrando todos mis sueños a pesar de no contar con los recursos económicos para acceder a esas oportunidades.


Conexión y amor


Con los niños se creó una conexión muy fuerte, cuando acababan las intervenciones no me querían dejar ir, me tomaban en abrazos y me decían que por favor no los abandonara.

Los niños se convirtieron en una parte esencial de mi vida. Compartían conmigo cada logro, cada proyecto, y noticia. Fueron parte de mi postulación y elección como astronauta análoga. Fueron los primeros en tocar mi traje a prueba de fuego, hicieron cartas para llevarlas a mi viaje y participaron de algunas actividades en torno a esa linda investigación.



Cuando cumplí mi mayoría de edad (18 años) Leonardo Camargo quiso apoyar la transición de ese proyecto social a una fundación registrada en la Cámara de Comercio. Él me impulsó, viendo en Semillas Robóticas un acto de valentía y amor.

Se empezó toda la gestión y poco a poco fui creando mi equipo, ya no estaba sola con todo, ya contaba con un abogado, una encargada de medios audiovisuales, varios facilitadores, un diseñador de experiencias y mi hermanito que daba ideas para crear nuevos kits. La Tecnoacademia también se unió e hicimos un trabajo conjunto.


El desafío de la fundación


Todo estaba listo antes de la primera mitad del año. Aprendí sobre los procesos de creación de la fundación, dejé todo listo, constituido y empezó a marchar sin mi presencia 24/7. Pude ir a mi entrenamiento como astronauta análoga con la tranquilidad que los niños seguirían recibiendo ese conocimiento, pude monitorear el proceso y conseguí un permiso en la AATC - ESA para que, en medio del entrenamiento, toda la tripulación pudiera asistir y responder a las dudas de los niños, que nos vieran con los trajes y en el ambiente análogo. Todos se conectaron, estuvieron muy curiosos, mi equipo estaba ayudándome a gestionar todo de la mejor manera y yo estaba muy agradecida.


Reconocimiento y expansión


Los medios de comunicación empezaron a reconocer el trabajo realizado, otras entidades quisieron unirse y aportar, así mi sueño fue creciendo poco a poco, incluso RCN me nombró como la madrina de los sueños de Cali y el periódico EL País me eligió como una de las líderes de Cali.



Un legado de amor y esperanza

Cada día, me despierto con la esperanza que el trabajo que hacemos en Semillas inspire a otros a creer en sus sueños, a luchar por un mundo mejor y a nunca subestimar el poder del amor y la empatía. A veces, me detengo a pensar en cómo empezó todo, en aquella niña de 7 años que soñaba con cambiar el mundo y en cómo ese sueño se ha hecho realidad de maneras que nunca imaginé.

Hoy, miro hacia atrás y veo un camino lleno de desafíos, sacrificios y, sobre todo, mucho amor. Miro a los niños a los que hemos ayudado y veo en sus ojos el reflejo de mis propias esperanzas y sueños. Ellos son la razón por la que sigo adelante, la razón por la que nunca me doy por vencida.


Un futuro brillante

El futuro de Semillas Robóticas es brillante y lleno de posibilidades. Cada día, trabajamos para expandir nuestro alcance, para llegar a más comunidades y para inspirar a más personas a unirse a nuestra causa. Sé que el camino por delante no será fácil, pero estoy preparada para enfrentar cada desafío con la misma determinación y pasión que me ha llevado hasta aquí.

A todos los que han sido parte de este viaje, gracias. Gracias por creer en mí, por apoyar mi sueño y por unirse a esta increíble misión de amor y esperanza. Juntos, estamos creando un mundo mejor.


Y a ti, querido lector, gracias por tomarte el tiempo de leer mi historia. Espero que te haya inspirado, que te haya hecho sentir y que te haya recordado que, sin importar cuán grande o pequeño sea tu sueño, siempre vale la pena perseguirlo.

 
 
 

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