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Mi historia

Actualizado: 20 abr 2025


Nací y crecí en Cali Colombia, con una gran familia llena de cultura. Mi abuelo me llevaba a descubrir las danzas folclóricas, la historia de mi país y la importancia del baile. Por otro lado, mi abuela me inculcaba una fuerte ética y disciplina, mientras que mi madre me enseñaba el valor de trabajar arduamente por los que amas, colocando por encima de todo, la nobleza de su corazón. 

A pesar de los desafíos del camino, mi familia ha sido el gran combustible para seguir adelante, me han apoyado en cada locura, batalla, investigación, o decisión educativa que he tomado, en mi historia se reflejan los esfuerzos de generaciones que han trabajado incansablemente dejando huella, ayudando a los demás. Esa, es la herencia más valiosa que llevo conmigo.



Cuando tenía tan solo 10 años, tomé la decisión que cambiaría mi vida para siempre. Decidí aprovechar mi tiempo al máximo, estando consciente que el arrepentimiento no debería ser parte de mi futuro. Aunque mi mamá me sugirió que tomara las cosas poco a poco, porque yo era todavía muy joven, pero fue en ese mismo año, en el colegio Inem donde estudiaba, cuando llegó una psicóloga de la Tecnoacademia con la promesa de cursos extraescolares para jóvenes con potencial en innovación y matemáticas. Mencionó varias opciones, pero mi atención se centró en una sola palabra: "robótica". Por aquel entonces, mis conocimientos sobre robots se limitaban a lo que había visto en películas de ciencia ficción, un mundo completamente ajeno a mi vida. Hice todo lo que estaba en mi mano para entrar en ese programa y aprender. Cada día me encontraba con más incógnitas que respuestas, y fue en ese proceso cuando me enamoré perdidamente de la robótica.

De competir en desafíos de robots de sumo y seguidores de línea, pasé a proyectos de investigación de humanoides y a la aplicación de la inteligencia artificial.








Mis logros no pasaron desapercibidos, me convocaron a eventos de investigación como Clubes de Ciencia, prácticas universitarias e incluso, con sólo 11 años, me vi presentando proyectos a ingenieros y científicos con décadas de experiencia. Destacar en este campo me hizo creer que un futuro como ingeniera podía considerarse una posibilidad.



Fue entonces cuando decidí explorar la electrónica y la mecánica, al igual que la robótica, me enamoraría de estas disciplinas, no quería tener que elegir sólo una de ellas, y fue entonces cuando la ingeniería mecatrónica se presentó como la solución a mi dilema: ¡lo tenía todo! Sin embargo, estaban los límites económicos, ya que mi familia no disponía de recursos para financiar mis estudios, a pesar de que la escuela INEM me nominó como mejor bachiller, lo que correspondía a una beca del 100%, la universidad me contestó que, debido a la pandemia no disponían de recursos para ofrecerme financiación. En ese momento, sentí que mi mundo se tambaleaba, que mis sueños podían desvanecerse, pero nunca me rendí. Busqué todas las formas posibles de seguir adelante. La solución fueron los préstamos con el apoyo de mi familia para empezar mi carrera.

Desde el primer semestre me aceptaron en el semillero de robótica y sistemas autónomos. Al conocer mi trabajo, me confiaron responsabilidades en proyectos importantes. Simultáneamente, el director del programa me dio la oportunidad de trabajar con él para cubrir parte del semestre. Comencé a representar a la universidad en eventos de prestigio como el Rally Latinoamericano de Innovación, y la RedCOLSI donde obtuve una calificación perfecta de 100/100 en el proyecto de un vehículo tipo Rover para la exploración espacial.



Para identificar las mejores oportunidades para mi crecimiento personal y profesional, tuve que mantener una constante disciplina y responsabilidad. Esta determinación me llevó a colaborar con un colega en un proyecto de investigación para el Instituto Julich de Alemania sobre celdas solares orgánicas. Durante ese tiempo, me ofrecieron ser staff, lo que marcó un capítulo apasionante en mi carrera y me motivó aún más para seguir persiguiendo mis sueños con pasión.


Mi momento Eureka llegó a los 13 años, en medio de frecuentes terremotos, cuando parte de mi familia se trasladó a Chile. La distancia que nos separaba y la amenaza constante de terremotos me llevaron a buscar una solución como una soñadora apasionada. Un día, mientras pensaba en el antiguo "sexto sentido" que parecían tener algunas madres para anticiparse a los peligros, floreció en mi mente una idea asombrosa. ¿Y si eso pudiera traducirse en una solución tecnológica? Investigué las ondas P y S, los susurros sísmicos de la Tierra, y descubrí que había un patrón. Con determinación, diseñé un producto mecatrónico capaz de anticipar los movimientos telúricos con al menos cinco segundos de antelación. Mi alarma sísmica nació en ese momento como una superpotencia tecnológica. Era como una película de Los Vengadores, pero en la vida real. Esta tecnología, que combinaba ciencia moderna y sabiduría ancestral, se convirtió en un tesoro salvavidas.



Pero la historia no acaba ahí, porque cuando me di cuenta de que podía realizar investigaciones científicas, a una edad temprana, surgió un poderoso pensamiento: si las disciplinas STEM habían permitido que mis sueños se hicieran realidad, ¿por qué no utilizar ese mismo poder para transformar vidas? Así nació mi fundación "Semillas Robóticas". El propósito era claro: hacer que niños y jóvenes, que habían sido tocados por la violencia, se enamoraran de las maravillas de la ciencia. Como comunidad, nos propusimos desarrollar soluciones a los problemas que nos afectan directa o indirectamente en nuestra vida cotidiana, les estamos proporcionando las herramientas necesarias para que desafíen los límites de la exploración espacial.




En el año 2022, un día en el que tenía un parcial de circuitos, ocurrió un momento que cambió mi vida para siempre. Ese mismo día, Mike Hopkins, el astronauta de la NASA, llegó a la Fuerza Aérea Espacial de Colombia. No podía perderme ese momento histórico, así que asistí al evento y esperé ansiosamente su llegada.

Cuando finalmente tuve la oportunidad de acercarme a él, le compartí mi sueño de convertirme en astronauta. Con agilidad, le expresé mi deseo y él gentilmente me brindó algunos consejos valiosos. Inspirada por sus palabras, comencé a tejer oportunidades para seguir mi camino como aspirante a astronauta.

Esa trayectoria me llevó hasta José David Villanueva, el capitán de misiones análogas, quien nos ayudó a llegar hasta la AATC, que tiene un convenio con la ESA (Agencia Espacial Europea) en Polonia. Allí, empezó mi formación y preparación, siguiendo los pasos de aquel astronauta que un día cruzó mi camino y dejó una huella imborrable en mi corazón.

En el fascinante entorno del espacio exterior, los astronautas se enfrentan a riesgos constantes en su búsqueda de avances científicos. Pero ¿y si pudiéramos aprovechar la tecnología para disminuir esos riesgos y mejorar la calidad de vida de nuestros valientes exploradores?

He desarrollado un sistema de automatización que permite monitorear los cultivos de hongos en tiempo real desde cualquier dispositivo, al tiempo que se enseñan gráficos intuitivos, lo suficientemente comprensibles para que cualquier persona, incluso sin experiencia en micología, pueda detectar posibles riesgos en el cultivo. Este avance no sólo simplifica la vida de los astronautas, sino que reduce significativamente el riesgo de las actividades extravehiculares (EVA).




Así, mi sueño de explorar el espacio se convirtió en una realidad por ahora análoga, llena de desafíos, aprendizaje y perseverancia. Cada día, sigo trabajando para alcanzar las estrellas y, que algún día también pueda mirar la Tierra desde la Estación Espacial Internacional, como lo hizo Mike Hopkins.




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